Arte y terapia

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Las palabras “arte” y “terapia” y las posibles combinaciones entre éstas, pueden dar lugar a confusión. Las mismas palabras pueden referirse a experiencias completamente distintas, tanto en lo que respecta al enfoque, como en la práctica directa. En este artículo quiero exponer algunos ejemplos y reflexionar, como siempre en este blog, sobre el trabajo del actor. En concreto, hoy, de la elección que supone utilizar vivencias personales como material escénico.

1. “El arte es terapéutico”

A veces nos referimos a los efectos del arte; no al procedimiento ni al objetivo que este persigue- y afirmamos que el arte ,en nuestro caso, la actuación, la danza o el canto- son “terapéuticos”. Lo son, además, desde enfoques y técnicas muy diversas. Es decir, los efectos del arte sobre el espectador o sobre el propio artista pueden ser terapéuticos sin que necesariamente el artista o el espectador busquen este efecto conscientemente. El sonido, el movimiento, la respiración libre, la empatía con los sentimientos y las acciones de los demás, puestos en juego aquí y ahora en el ensayo o en la representación, liberan una cantidad infinita de reacciones conscientes y también -y sobre todo- inconscientes, que hacen nuestra vida más plena y, según no pocos estudios científicos, incluso más saludable. Por eso a veces decimos que el arte es “terapéutico”, o que es “una terapia”.

2. Hacer terapia a través del arte

Esa es una cuestión completamente distinta. Y lo es, porque se refiere al objetivo que se perseguiría a través del arte, o de la práctica de determinadas técnicas artísticas. Hay una larga lista de profesionales que emplean el arte con objetivos terapéuticos ante unas necesidades o búsqueda específicas de los, en este caso, no tanto de artistas -que a veces también lo son- como de pacientes. Músico-terapeutas, terapeutas Gestalt, etc. son, o deberían ser, profesionales acreditados que guiarán esos procesos teniendo muy claros los procedimientos, los tiempos, los límites, su propio trabajo personal como pacientes con un terapeuta tercero, un código ético descrito y sostenido generalmente por un compromiso deontológico, etc. También los pacientes que se someten a dichas terapias buscan conscientemente un tratamiento, tienen un motivo para iniciarlas, se ponen en manos profesionales y tienen vías claras y seguras para abandonarlas. En este otro sentido se usan las palabras “arte como terapia”. Como veis, la excelencia en el arte en sí no es ni mucho menos el objetivo de estas prácticas, las cuales están dirigidas a personas que tampoco tienen que ser necesariamente artistas. Eso sí, son prácticas guiadas y supervisadas por terapeutas profesionales y tienen una finalidad terapéutica.

3. Hacer arte y hacer terapia

Otra práctica común a no pocos artistas de diversas disciplinas consiste en hacer las dos cosas en paralelo. Por un lado, la práctica o el aprendizaje del arte en cuestión y por otro, una terapia o una técnica de autoconocimiento determinada. Típicamente, en el mundo de la interpretación, algunos seguidores de la corriente stanislavskiana en los EE.UU. (Meisner, Actor’s Studio, etc) solían y todavía suelen poner iniciar una terapia de psicoanálisis paralelamente a su formación como actores, a la vez que se comprometen con su propia salud general a muchos niveles, para garantizar la eficacia y, sobre todo, la coherencia con el proceso (abstinencia de uso de alcohol y drogas, etc). En Japón, por ejemplo, es prácticamente indisociable la práctica de la meditación u otras técnicas holísticas, del perfeccionamiento de la técnica actor en el teatro Kabuki o el teatro Nô, por ejemplo. Yo misma, estudio y practico el yoga, que es también una forma de autoconocimiento a través de la armonización de mente, cuerpo y respiración, paralelamente a mi práctica artística y docente. Toda persona, todo artista es, evidentemente, libre de emprender su propia búsqueda vital y artística como considere oportuno, faltaría más. Existe, pues, la posibilidad de hacer, en paralelo, “arte” y “terapia”.

Como podéis adivinar, de lo que quiero hablar hoy es de las consecuencias de mezclar indiscriminadamente, de un modo consciente o inconsciente, esos tres conceptos. Entre arte, pedagogía y terapia pueden existir vasos comunicantes pero son conceptos esencialmente distintos entre sí.

En el primer ejemplo hemos hablado de una práctica realizada por artistas y para artistas en una relación “maestro-alumno” o en un sentido más amplio especialmente adecuado, creo, para las enseñanzas artísticas, “guía/acompañante-artista”. En esa relación, uno y otro mantienen al margen su intimidad y su vida personal, se conceden confianza mutua y se comprometen a mantener el respeto y la confidencialidad de los procesos en pro del desarrollo artístico, que es el objetivo final del proceso de aprendizaje. A pesar de todo, sabéis por experiencia que el alma de las personas se cuela a través de las rendijas más sutiles. La manera de respirar, la conexión con los propios pensamientos -aunque no se verbalicen explícitamente, las reacciones inconscientes, la manera de fluir a través de acciones conscientes por muy codificadas que estas sean y un largo etcétera, nos hacen individuos únicos e irrepetibles. Y se nos pueden leer, de hecho, como un libro abierto. El maestro y el estudiante entrenados pueden ver si hay “verdad” u “honestidad” en el trabajo, sin necesidad de conocer la literalidad del universo interior del otro. Ese mundo interior, además, está formado por: memoria o recuerdo (re-memoria: porque cada vez que rememoramos una vivencia, la volvemos a crear, literalmente, en el momento presente, transformándola también inevitablemente, pues), imaginación, deseos, acciones y reacciones al momento presente o a esos recuerdos, deseos, o imaginaciones, y un largo etcétera. El intérprete dota de unidad a ese etcétera y se presenta ante nosotros para que lo podamos leer como un libro abierto. Hay que entrenar la mirada, eso sí. Y ser conscientes de que no miramos “desde la nada”. También el observador es un ser lleno de subjetividad. El observador modifica la cosa observada. ¡¡¡Y de qué manera!!!

Creo que la propia práctica artística es una forma de hacer consciente lo inconsciente. Que sin quererlo siquiera, el artista acaba por conocerse mejor a sí mismo y a los demás… con dedicación y tiempo. Trabajamos con nuestra intimidad, porque reaccionamos aquí y ahora, porque nos enfrentamos a situaciones y antecedentes que se refieren a otras vidas -las de los personajes, las de los textos, las canciones, los movimientos- y porque nos exponemos literalmente a la mirada de los demás con mucha más frecuencia que “los civiles”. Somos “soldados” del presente, del aquí y ahora. Y eso nos hace ya, de algún modo, más receptivos a nosotros mismos y a los demás. Creo que con toda una vida de respeto y dedicación a nuestro arte, nos vamos a conocer más a nosotros mismos, también. Sí.

Y de los espectadores, esperamos una mirada respetuosa. Porque el respeto es nuestra herramienta. Pero sería una sandez o directamente un abuso exigirles una contrapartida explícita a nuestra propia exposición emocional. Nuestro compromiso con el arte es incondicional. Y si se nos devuelve respeto como contrapartida no es porque lo exijamos como condición, desde luego.

Es muy difícil, a su vez, que un artista no abra su alma con la expectativa de transformar y transformarse a través de su arte. Porque se debe al él en cuerpo y alma. Y eso pide una inmensa responsabilidad. Cuidado con el que pides ¡porque te puede ser concedido! De todas formas, no hay que asustarse. Existen herramientas, que hay que conocer y emplear, en mi opinión, para mantener una alta exigencia artística a la par que una adecuada salud e higiene mental y emocional. Una serie de recursos que crean una correcta “distancia de seguridad”. Hablaré a continuación, pues, de qué recursos podemos usar en el caso particular de que decidamos crear a partir de una vivencia personal, lo cual, insisto, me parece per se, absolutamente respetable y válido.

1. Confía en la pantalla de protección que representa tu propio arte. Incluso cuando el material artístico con el que trabajamos es autobiográfico, la propia forma estilizada del arte -una letra, una melodía, un texto, una secuencia de movimiento- genera una distancia de seguridad que la “realidad”, cruda, explícita, no permite. Si, además, las palabras que usamos no son nuestras, como artistas, estamos mucho más protegidos íntimamente por nuestro arte, que los espectadores de sus propias vidas. Y además, podemos acercarnos a vivencias alejadas de las nuestras a través de una gran herramienta: la empatía. El artista disfruta de libertad infinita piel adentro. Puedes hacer paralelismos, decir o pensar medias verdades o incluso mentir, defender argumentos propios o ajenos, ponerte en la piel del otro, contar historias, reconfortar, alentar, protestar, remover, entrar, salir…, todo lo que seas capaz de imaginar. Como intérpretes, somos mucho más libres ante las notas, las palabras o el movimiento que ante nuestra propia vida. Al actuar con libertad creo, además, que generamos -de una manera no invasiva- una invitación a nuestra propia libertad en el día a día. Y al espectador individual y al público en general, como ente social, lo invitamos también a conocerse a sí mismo y a fluir y a relacionarse con sus propios recuerdos, ideas, necesidades y deseos. El arte es revolucionario.

2. Además, en el teatro, en concreto, hay muy diferentes maneras de relacionarnos con la “cosa narrada o descrita”. Y no siempre lo hacemos en primera persona. Insisto en que estoy hablando en concreto, de emplear vivencias personales como material artístico. Pero, ¿de qué manera? Hay mil maneras. Quienes habéis trabajado ya las dramaturgias de la segunda mitad del s.XX (no hablo de nada nuevo, pues) habéis visto cómo se pueden mezclar épica, lírica y drama; estructuras psicológicas y lúdicas, dentro de una misma pieza, tanto en el teatro -y por supuesto también en el musical, como en el cine o la televisión. Usa tu propia vivencia, muy bien. Pero, ¿cómo vas a contarla? ¿cómo vas a actuarla? La forma que elijas, va a generar también una determinada y particular distancia de seguridad.

Por otro lado, distinto es usar material personal para la creación de aplicar o trasladar una experiencia personal a un material no propio, con origen totalmente distinto. En ese caso, hay que tener presente que esa práctica nos va a servir solamente para generar una capa de trabajo, pero la complejidad y especificidad del texto o la canción harán imprescindible un trabajo posterior. La cantidad de capas que habrá que añadir puede ser muy pequeña, si el texto o la coreografía o la canción de destino es abierta y relativamente sencilla, o enorme -resultando incluso que, al final, la vivencia personal represente en el conjunto un papel muy secundario. Como norma general, si el material de destino presenta estructuras psicológicas y lúdicas superpuestas y diferentes movimientos del discurso (épica, lírica y drama) nos encontramos ante una estructura compleja. Una estructura simple para usar una vivencia personal concreta sería, en el otro extremo, aquella en la cual predomina una sola persona del verbo (1era -subjetiva, lírica) y una única estructura englobando a la anterior en un mismo espacio y tiempo.

3. Usa recuerdos y experiencias de como mínimo tres años de antigüedad (toma este criterio temporal como guía, como referencia, no como límite temporal exacto, evidentemente). Mis maestros me enseñaron, por experiencia, que gestionar artísticamente vivencias más recientes es muy difícil dado que el material reciente genera todavía muchas interferencias. Las vivencias más antiguas, en general -insisto, por dolorosas o placenteras que puedan ser, han sedimentado de algún modo en nosotros y podemos transformarlas y transformarnos con ellas, pero sobretodo, podemos compartirlas aquí y ahora “con más seguridad” en el arte del directo, que es el nuestro. En todo caso, cada artista tiene que poner el límite donde y cuando quiera, manteniendo en todo momento el respeto por sus propios límites sin rebasarlos.

Un día, en un entrenamiento muy intenso a todos niveles, me caí al suelo y me lesioné- sólo levemente, por suerte. Mi maestro dijo una frase que no olvidaré: “tu accidente lo ha causado tu generosidad. No te has hecho demasiado daño, pero cuidado: “trabajar por debajo de tu 90% es mediocre y hacerlo por encima del 95% es suicida; la excelencia se encuentra en el trabajo constante entre el 90 y el 95%”.

Repito que hablo, en todo momento, de las artes escénicas. Entiendo que la escritura, la composición musical o la pintura permiten, tal vez, límites y tiempos distintos por el mero hecho de que su creación se produce en la intimidad del artista con sigo mismo y con su instrumento, no ante un espectador. El artista escénico, sea cual sea su método, sea cual sea su búsqueda, tiene un único compromiso ineludible: el arte del presente “se cocina al momento”. Por ello no he querido entrar en mis preferencias personales en cuanto a técnicas, recursos o fuentes para las artes escénicas sino más bien en cómo hacer posible y viable a nivel técnico, con una mínima higiene y salud, el hecho escénico tanto en ensayo como en representación a partir de vivencia personales.

4. Otro guardarraíl imprescindible en el proceso de aprendizaje, por parte de compañeros y maestro, o en el propio proceso de creación, entre los miembros del equipo creativo, es la confidencialidad y el respeto. Esas condiciones tienen que estar garantizadas y son de obligatorio cumplimiento porque infringirlas ocasiona un perjuicio en el proceso creativo o de aprendizaje. De hecho, dichas normas suelen enunciarse incluso por escrito tanto en los contratos artísticos como en la normativa de las escuelas de enseñanzas artísticas de todo el mundo.

5. Y para terminar, una última consideración. Ten presente cómo funciona la memoria misma, como proceso orgánico y vivo. Cada vez que recordamos, rememoramos, remembramos las vivencias del pasado; como hemos dicho un poco más arriba, combinamos las sensaciones, imágenes, los sentimientos, las causas y los efectos en relación al momento presente, de una manera nueva y única. Por lo tanto, para la experiencia del arte en directo, recuerda que una misma vivencia puede desarrollar en ti efectos absolutamente distintos e imprevisibles tanto en el ensayo como en el la representación. Una vez obtenido el resultado esperado, si lo consideras oportuno, tendrás que trabajar con la experiencia escénica de tu vivencia personal de manera análoga a cómo lo haces con el material de una fuente externa. No son las imágenes sino los procesos lo que deberás reproducir.

Me extenderé menos en el segundo de los ejemplos que he puesto porque, como hemos visto, la terapia a través del arte no es exclusiva de los artistas. En el ejemplo expuesto, los participantes son, de hecho, pacientes, artistas o no, que se ponen en manos -eso sí, siempre- de terapeutas profesionales. Los límites del trabajo son claros, los objetivos definidos y los procesos se inician, se acompañan y se cierran de una manera clara y precisa. Cuando un terapeuta rebasa los límites éticos o abusa de la confianza que el paciente deposita en él, deviene sectario y, lo que es peor, genera un perjuicio directo sobre la salud del paciente.

La última posibilidad que he expuesto es la híbrida. Como he dicho antes, es totalmente lícito emprender un trabajo personal paralelamente al aprendizaje de cualquier técnica artística. Personalmente, además, me parece una decisión positiva y enriquecedora y una manera muy práctica de reforzar, en general, la distancia de seguridad con el propio trabajo artístico. Es preciso, sin embargo, hacer una puntualización importante. Cuando se decide emprender esta tercera vía, quién te acompaña en el aprendizaje artístico debe ser tanto artista como pedagogo: el maestro-acompañante se compromete a mantener la confidencialidad, a no rebasar los límites de la intimidad del alumno, a proporcionarle herramientas técnicas para desarrollar su arte y a buscar su excelencia artística, actuando con honestidad en relación a sus propias limitaciones. Por otro lado, al iniciar la terapia, es un terapeuta acreditado quién pone en marcha, acompaña y concluye la búsqueda personal de un paciente en pro de la resolución de un tema en concreto o lo acompaña en su autoconocimiento. Es un profesional -uno psiquiatra, un psicólogo, etc.- con un código deontológico, una experiencia demostrada, e incluso -si es un profesional de la salud, un número de colegiado. La extralimitación de un terapeuta resulta en perjuicio de la salud del paciente. Es cosa seria.

Tanto el arte como la terapia me parecen temas suficientemente importantes como para mezclarlos a la ligera. En resumen: hemos hablado del artista, la libertad individual del cual (en su búsqueda y en la relación con sigo mismo y su propio arte) es incuestionable y cabe respetar por encima de todo. Me ha parecido interesante, sin embargo, recordar algunas herramientas de “protección” o de “seguridad” específicas para los artistas “del directo”. En segundo lugar, he hablado del código ético de maestros y pedagogos para con los artistas que acompañan. Y por último, he expuesto el caso híbridos. Creo que quién se aventura a tratar arte y terapia simultáneamente tiene que ser consciente de sus propios límites y de su propia acreditación profesional para hacerlo. Como docente, por un lado, y como terapeuta, por otro. Entrar en el terreno de la intimidad, como maestro, es un abuso de confianza. Y poner en marcha un proceso terapéutico sin ser terapeuta es, sencillamente, extralimitarse. Además, y por último, es preciso dar una continuidad, acompañamiento, supervisión y cierre adecuados a los procesos iniciados y definir claramente los límites del trabajo.

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