Lírica, épica y drama

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Hemos ido viendo en entradas anteriores, cómo analizamos un texto teatral determinado. En concreto, hemos visto que podemos analizar sus estructuras yendo desde las más invisibles (las que son propias del idioma) a las más visibles (como su puntuación, o su forma y tamaño, por ejemplo). También hemos hablado de la respiración creativa, de la acción; incluso de las impresiones más intuitivas que podemos extraer de él a través de distintas técnicas o juegos. De algún modo pues, se han generado dos grandes grupos de contenidos a tener en cuenta: unos se refieren a la forma y otros, al fondo. A caballo entre ambos está, creo, el elemento que vamos a tratar aquí hoy. Y me parece importante introducirlo antes de empezar a estudiar la técnica de dicción del verso. En este sentido, el orden de mi exposición no es azaroso, y la estructura menos visible de la que hablaremos a continuación deberá ser respetada por la forma más visible en que se exprese, esto es, tanto si está escrita en verso como en prosa. Vamos a identificar hoy, si “el texto escrito para la escena” [1] es eminentemente lírico, épico o dramático [2].

En la lírica pura, el espectador se identifica al 100% con el “yo” del texto. Su expresión es directa, no referimos terceras personas ni nos separamos del espectador dirigiéndonos a éste como interlocutor. Le invitamos, sin decirlo, a entrar en “nuestra=su” propia alma. “Quién” y “a quién” se funden en uno sólo. En la “relación” lírica, diría que toda mi atención está en el “ser”, en el “sí mismo”. La lírica es, la expresión del “yo”. En la actuación, el intérprete pondrá la atención hacia el interior. Además, en la expresión lírica pura, intérprete y espectador son uno. El actor dirige todos los estímulos (el espacio, el sonido de su propia voz, su propia respuesta emocional y la del espectador) de nuevo hacia “sí mismo”, alimentándose y generando progresión. Al hacerlo, provoca ese mismo proceso en el espectador. Escénicamente, un actor suele encontrar lírica pura en determinados recitales de poesía (siempre que no estén dramatizados, claro).

En la “relación” épica pura, el texto se dirige al espectador. En el texto teatral épico, el espectador es el auténtico interlocutor y le es otorgado un rol determinado desde el que “comprenderá” acontecimientos. Como actores, debemos tener en mente que incluso, y sobretodo, cuando hablamos con otros personajes, nuestra atención principal está en el espectador. Dicho de otro modo, no en la acción dramática, sino en el efecto de esa acción sobre el espectador. Encontramos esta relación en la tragedia griega, en el teatro brechtiano [3] y en gran parte del teatro contemporáneo (aunque no siempre en estado puro, sino combinado con otras).

Y por último, la relación que establece el drama puro. Veremos a dos personajes, como mínimo, envueltos en una misma situación y con determinadas circunstancias dadas, buscando la resolución de un conflicto determinado. El actor, en el juego dramático puro, pone toda su atención en la acción. Avanza en ella en relación con los personajes y situaciones de la obra. Todo interlocutor está dentro de la misma situación dramática mientras que el espectador la presencia “como quien mira por el ojo de una cerradura” [4]. El teatro de Ibsen y Strindberg serían ejemplos de ello.

En el teatro contemporáneo abundan los híbridos, tanto en la escritura como en las puestas en escena de textos que pudieran ser originalmente “puros” . ¿Cómo voy a saber qué relación predomina cuando identifico más de una? Una manera de resolver la cuestión sería supeditar las relaciones menos visibles a las que lo son más. Tanto desde el texto como desde la puesta en escena. Así, por ejemplo, en muchas obras dramáticas clásicas, podemos identificar soliloquios o monólogos eminentemente “líricos”. En esos casos, creo que esos se deberán integrar en la acción dramática, la cual les da sentido. El actor, pues, sin perder por supuesto la conexión con sigo mismo, pondrá la atención sobre la acción dramática de la pieza, “arrastrando” de algún modo con ella, esos fragmentos de distinto “carácter”.

Sin embargo, en el repertorio de determinados recitales poéticos, por ejemplo, suelen incluírse esos mismos soliloquios o monólogos teatrales, recitados como poemas aislados. La estructura que engloba un recital poético es, como mencionamos más arriba, eminentemente lírica; esa estructura más visible, pues -el atril y el vestuario formal- dominaría la dramática, en ese caso. A menudo observamos eso mismo en las versiones de concierto en que se incluyen temas que proceden de obras de teatro musical.
Últimamente, y especialmente en las revisiones contemporáneas de textos clásicos, tanto desde la dramaturgia como desde la puesta en escena, nos encontramos con textos en que los personajes se dirigen, de manera puntual, al público. En esos casos, se suele hacer al espectador partícipe de la acción dramática como si se tratara de un personaje más dentro de la misma. De alguna manera, pues, predominaría la relación dramática entre los elementos del juego teatral.

Otra manera, no poco común, de revisar clásicos, tanto desde la dramaturgia como desde la puesta en escena consiste en representar la obra original prácticamente íntegra, pero evidenciando la presencia del espectador ; “abriendo” toda la acción hacia él. Los actores/personajes están, de algún modo, dirigiéndose al espectador en todo momento y no sólo de manera puntual, como en lo descrito en el párrafo anterior. Además, en este caso, se le otorga al espectador una presencia per se, no incluyéndole ya necesariamente dentro de la situación dramática de la obra. Suele evidenciarse incluso el propio espacio escénico y el tiempo reales de la representación, diferenciándolo por tanto de los tiempos y espacios de los personajes de la situación dramática original. En esos casos, la relación épica predomina sobre la dramática. El actor debe poner su atención sobre el espectador en todo momento, esto es: no en la acción dramática, sino en el efecto de esa acción sobre el espectador, según el rol que le haya sido otorgado.

Finalmente, y sobretodo en la nueva dramaturgia contemporánea, nos enfrentamos con textos en los cuales identificar cuál es la relación “dominante” está lejos de lo obvio. A menudo, el texto permite más de una elección posible. Las posibilidades de lectura y por tanto, las apuestas actorales y de puesta en escena se multiplican. Las decisiones creativas tomadas en ese sentido determinarán y organizarán los distintos elementos en juego generando distintos niveles de lectura. Deseo que este escrito os haga, en aquellos casos desesperados, cuando menos, un poco de compañía.

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[1] Lo describo de este modo para evitar referirme sólo a los textos dramáticos, porque el actor acostumbra a tener que trabajar escénicamente con textos de diferentes géneros.
[2] Cómo veis, además, las definiciones que hago de lírica, épica y drama, no coinciden con las de los géneros literarios del mismo nombre. Me refiero con estos términos a las relaciones que se establecen entre intérprete, texto y espectador, en una propuesta escénica determinada.
[3] Tampoco hay que confundir la relación épica que describimos aquí, con el “teatro épico” de Bertold Brecht el cual, evidentemente, comparte características con aquella porque se refiere también al hecho escénico, pero articula toda una teoría teatral: leed el Pequeño Organon para el teatro, https://es.scribd.com/doc/24993807/Brecht-Bertolt-Pequeno-organon-para-el-teatro-completo-1948
[4] Según la popular imagen del teatro naturalista. Leed https://arteescenicas.wordpress.com/2010/02/10/teatro-del-siglo-xix-teatro-realista-y-naturalista/

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